Kinesiología para niños

La kinesiología es un fantástico tratamiento natural para los niños que trabaja con la sabiduría innata que tiene el cuerpo para sanarse a sí mismo.

Es un tratamiento suave y seguro que puede ‘hablarle’ al sistema de tu hijo para determinar y liberar bloqueos que inhiben su energía natural, su salud y su felicidad.

El movimiento es la base del aprendizaje de los niños para desarrollar conocimientos y nuevas capacidades.

Sin embargo, muchos bloqueos de este aprendizaje dificultan el moverse de manera equilibrada y, en particular, cuando nos sentimos inseguros ante la novedad. Por ello, la kinesiología ayuda a reiniciar los movimientos bloqueados para conectar la mente y el cuerpo.

A los niños pequeños, con frecuencia les resulta difícil comunicar con precisión lo que están sintiendo o pensando.

La kinesiología permite comprender los factores estresantes del niño así como sus reacciones a ciertas actividades.

Además, ayuda a cambiar emociones, pensamientos y comportamientos en los niños, de manera que puedan encontrar el equilibrio en su vida diaria y puedan seguir adelante sintiéndose mucho mejor.

Con la kinesiología se pueden abordar temas como:

  • concentración
  • enuresis nocturna
  • berrinches y problemas de comportamiento
  • ansiedad y depresión
  • dificultad para conciliar el sueño
  • fobias
  • confianza y autoestima
  • alergias e intolerancias

Es importante que nuestros hijos vivan en equilibrio y puedan desarrollar todo su potencial para convertirse en personas libres y seguras de sí mismas.

Por este motivo, la kinesiología puede ayudar a contribuir en el bienestar de nuestros pequeños.

Debemos tener en cuenta, además, que todo está conectado y que las emociones y pensamientos de los padres pueden afectar a nuestros hijos, pues sus propias emociones, hábitos y limitaciones suelen estar estrechamente relacionadas con las situaciones que estemos viviendo los propios padres.

Es decir, que en alguna ocasión, no siempre, tendremos que responsabilizarnos y aceptar que lo que le sucede a nuestro hijo es que está somatizando lo que nos sucede a alguno de los padres o a ambos.

Así, con la kinesiología podremos aumentar la confianza de nuestros pequeños, aprender a gestionar las emociones, manejar el estrés de la escuela y del hogar, estimular la creatividad, mejorar la concentración y atención en clase, evacuar los miedos para tranquilizarse, encontrar un sueño apaciguado y fomentar la autonomía, entre otros.

La kinesiología es recomendable para niños de cualquier edad y condición, desde pequeños hasta adolescentes.

También puede ayudar a las futuras mamás a comunicarse con su bebé en el útero. Incluso a los propios padres nos pueden venir bien varias sesiones para ayudar a nuestros hijos.

Si crees que es para ti y que podrías beneficiarte de esta terapia, es importante buscar siempre un buen profesional y ponerse en manos de un experto cualificado.

Por Davinia Velasco

Los berrinches: mecanismos naturales para relajarse

A pesar de que pueda parecer increíble, todavía existe hoy en día la creencia de que los berrinches de nuestros hijos se deben a un “mal comportamiento”, recomendando que los ignoremos mientras estén en plena rabieta porque lo único que buscan es “llamar la atención” o “salirse con la suya”. Seguimos viéndonos a nosotros mismos como seres esencialmente malos que deben ser entrenados mediante castigos y premiados para ser buenos. Sin embargo, estas anticuadas creencias están totalmente desfasadas. Nuestra auténtica naturaleza es el amor y los berrinches son tan solo mecanismos naturales del ser humano para poder relajarse y desestresarse. Afortunadamente, tenemos la capacidad de romper con estos paradigmas que han pasado de generación en generación, y ver a nuestros hijos desde una perspectiva diferente: la del amor y la compasión.

Cuando un niño tiene un berrinche, es porque previamente se han desencadenado en él sentimientos de impotencia, frustración o estrés que debe liberar de su cuerpo. Teniendo esto en cuenta, una de las maneras de reducir las necesidades de esos berrinches está en escucharlo y atenderlo respetándolo como persona en vez de estar dándole órdenes todo el tiempo, y evitando nuestro poder como adultos con la humillación y el castigo. Así, podemos llegar a reducir la probabilidad de que nuestro pequeño tenga una rabieta en un lugar público, como por ejemplo un supermercado, si escuchamos y atendemos más a menudo sus sentimientos y llantos en casa. Mientras más lo hagamos y más conectados y presentes estemos con nuestros pequeños, menos probabilidades existirán de que exterioricen sus emociones fuera de casa.

Sin embargo, aun incluso teniendo esta parte controlada, debemos saber que con frecuencia pueden seguir teniendo este tipo de sentimientos y emociones, sobre todo en ocasiones nuevas para ellos como la llegada de un nuevo hermanito, un cambio de hogar, el comienzo del cole o al experimentar una separación o una pérdida en la familia.

En vez de pensar que nuestros hijos buscan llamar la atención o ver hasta dónde llegan nuestros límites, creo firmemente que lo que necesitan es nuestra presencia amorosa. Evitemos verles como niños que quieren salirse con la suya. Debemos entender que la mayoría de las veces, la rabieta es la reacción emocional del dolor, frustración, rabia o estrés por todas esas veces que no han tenido la opción de actuar con autonomía, fueron dominados por un adulto, o simplemente se encontraron en situaciones de angustia y dolorosas para ellos, de las que no sabían como escapar.

Evitemos castigar o distraer a un niño para detener una rabieta, lo mejor que podemos hacer es permanecer cerca de él, asegurándonos de que no nos va a hacer daño, y ofrecerle nuestra escucha y presencia compasivas. Una vez finalice su berrinche, su cuerpecito ya habrá exteriorizado esas emociones y se sentirá más calmado y relajado, con más ganas de cooperar. Recuerda que responder con compasión al llanto y los berrinches de los niños, es parte de la maternidad consciente.

Por Davinia Velasco

La deshumanización de la infancia

Si nos sentáramos a observar cómo funciona actualmente la sociedad con respecto a los niños, nos daríamos cuenta rápidamente que pareciera que estos deben pedir permiso constantemente para comportarse como seres humanos: para llorar, para equivocarse, para ir al baño, para tener un mal día, para estar asustados, para sentirse escuchados. Con frecuencia oiríamos frases como: “Si eso no es nada, no llores“, “cálmate primero y entonces…“, “¡si eso no da miedo!”, “¡porque lo digo yo y punto!“, “¡no me contestes!“, “dale un beso a la abuela o…“, “¡acábate eso ya!” traduciéndose en una serie de órdenes, de falta de conexión y de castigos varios por ser simplemente niños. Y no dejo de preguntarme, ¿por qué está socialmente aceptado en pleno siglo XXI que los niños no puedan opinar, sentir y expresar aquello que les concierne personalmente?

Los niños no deben ganarse su “humanidad”, no son humanos en formación. Son seres humanos como tú y como yo, ahora, en este mismo momento. Sin embargo, parece que la sociedad los esté adoctrinando para que, llegado el momento y no ahora, sean respetados por ser personas. Hasta entonces, se ha normalizado el tratarlos como seres inferiores con la excusa de que los estamos “educando”.

Como seres humanos que somos, no nos gusta sentirnos controladas. Y es que a los niños tampoco. La maternidad no tiene que ser una lucha entre nuestros hijos y nosotras, entre muchas otras cosas porque si pasamos el tiempo batallando con la “humanidad” de nuestros hijos, nunca disfrutaremos de esta etapa. Como en cualquier otra relación, si asentamos una base de respeto y empatía hacia la otra persona, todo será mucho más fácil y llevadero. Los niños no deben ser controlados, forzados ni castigados para aprender, sino que deben aprender con sus propias vivencias a gestionar sus emociones, conflictos o dificultades y, nosotras, somos el espejo en el que se verán reflejados. Por eso, moldear los valores que queremos ver en nuestros hijos es una de las cosas más valiosas que podemos hacer por ellos.

Entiendo que la maternidad en ocasiones puede ser complicada y que quizás nuestros niños a veces se comporten de manera que no nos guste. Y eso está bien, no debemos culparnos por rechazar su comportamiento y por supuesto que podemos desaprobar la reacción que han tenido en un determinado momento, pero los sentimientos que han influido sobre su comportamiento sí son aceptables y válidos, y es importante no menospreciarlos ni hacerles ver que no eran para tanto. Recordemos que somos responsables de la reacción que tengamos con ellos y que podemos elegir entre la compasión y la empatía, o la culpa, el castigo y la amenaza. La respuesta siempre será la compasión,  pues aunque no estemos de acuerdo con su reacción, no existirá jamás un momento en el que el niño no merezca nuestro respeto.

Todo lo que necesitamos es un cambio de perspectiva y reconocer que existen otras maneras de educar a nuestros pequeños y creo profundamente que la única solución para que esto cambie es dar voz a nuestros pequeños y hablar de este tema con naturalidad, sin miedo a lo que puedan pensar los demás. Luchemos por los niños, por nuestro futuro, por el suyo y por criar adultos emocionalmente sanos y respetuosos. Rompamos ya con los mitos y el estigma que rodean al hecho de tratar a los niños con respeto y en un futuro no muy lejano, podamos disfrutar todas de una maternidad y una relación con nuestros hijos basada en su humanidad e igualdad, y en el respeto y la compasión.

Por Davinia Velasco

Matrescencia, el nacimiento de una mamá

El embarazo y la maternidad son siempre una gran alegría para la recién estrenada mamá, pero también es una realidad que la mayoría de mujeres llegan a experimentar sentimientos de culpa, decepción, frustración e incluso miedo ante esta nueva etapa. Pareciera que estamos atravesando una segunda adolescencia, y no es casualidad que estas etapas sean muy similares, pues ambas son fases de la vida en las que la transformación del cuerpo y el cambio hormonal conducen a un trastorno en la manera en la que una persona siente emocionalmente y en cómo encaja en el mundo. Así, convertirse en madre es casi un cambio de identidad y uno de los cambios físicos, mentales y emocionales más importantesque podemos experimentar en nuestra vida.

En 1973, la antropóloga Dana Raphael, en su trabajo sobre la transición a la maternidad, nombró ‘matrescencia’ a esta etapa. A día de hoy, el proceso de convertirse en madre todavía no ha sido muy estudiado por parte de la comunidad médica, que se ha centrado más en investigar el desarrollo del bebé. Sin embargo, es importante validar, estudiar y dar a conocer también la historia de la mujer, además de cómo nuestra psicología afecta a la crianza de nuestros hijos.

La matrescencia es profunda, pero también muy difícil. Y eso es lo que lo hace humana. Es muy complicado relajarse cuando eres responsable de una criatura tan cambiante y vulnerable, y tu cuerpo y tus hormonas están en constante cambio. Es normal sentir ambivalencia en el proceso cuando tenemos tan poco tiempo y energía para cuidar de nosotras mismas, pues aún seguimos siendo un ser humano, y nuestro cerebro y nuestro cuerpo continúan enviándonos señales habituales para que nos cuidemos: dormir, comer o ir al baño (sin mencionar hacer ejercicio, socializar, tener relaciones sexuales, disfrutar de nuestra vida profesional, espiritual e intelectual y nutrir nuestras relaciones). Es por eso que una gran mayoría de mamás se encuentran en una situación difícil, en una batalla emocional, mientras intentan descubrir cómo cuidar de sí mismas y de las necesidades de su bebé al mismo tiempo. Pero si entendemos mejor nuestras emociones, podemos tener más control sobre nuestros comportamientos. Así, incluso si estamos permanentemente centradas en el bebé, comprender la psicología de la mujer durante el embarazo y el posparto, puede ayudar a promover una crianza más saludable, ya que las madres con mayor conciencia de su propia psicología pueden ser más empáticas con las emociones de sus hijos.

Conocer los desafíos de la matrescencia normalizará y validará cómo se sentirán las nuevas madres, por ello es importante tener en cuenta:

  • El nacimiento de un bebé es también el nacimiento de una familia. Con su llegada aumentan las responsabilidades y las tareas de ambos miembros de la pareja, cosa que puede generar tensiones y desacuerdos en la relación familiar.
  • La ambivalencia, ese sentimiento que surge como consecuencia del acto entre dar y recibir. La maternidad no es una excepción y si bien una mamá no quiere separarse de su bebé, a su vez siente que necesita espacio y tiempo para ella misma, sus necesidades y su recuperación tras el parto. Esta ambivalencia no es fácil, y mucho menos cuando aún no se ha normalizado y sigue siendo un tema tabú del que nadie habla. Por eso es importante aprender a tolerarla e incluso a sentirse cómoda con ella.
  • Las expectativas. Para cuando llega el bebé, una mujer ya ha creado durante su embarazo una historia ficticia sobre su bebé basándose en las experiencias de otras madres y sobre todo de los medios de comunicación: bebés que duermen plácidamente en sus cunitas, mamás arregladas y con la casa recogida y limpia… Así, la futura mamá se involucra emocionalmente y de tal manera con esta historia, que después la realidad provoca una gran decepción si ésta no tiene nada que ver con lo esperado.
  • Los sentimientos de culpa y vergüenza que surgen cuando tenemos en la mente a la mamá ideal, aquella que siempre está alegre y feliz y antepone las necesidades de su bebé a las suyas. Intentar estar a la altura de esa madre es imposible, porque se trata de una fantasía, resultado de compararse con un estándar irreal e inalcanzable.

Aún son muchas las mujeres que se culpan o sienten vergüenza al hablar abiertamente sobre sus experiencias en esta etapa por temor a ser juzgadas. Y este tipo de aislamiento social puede incluso desencadenar la depresión posparto. La mujer se siente perdida entre la mujer que era antes de la maternidad y la que es ahora, creyendo que no debería sentirse así cuando en realidad esta incomodidad es absolutamente normal. Aún recuerdo cuando una buena amiga me dijo: “Cuando tuve a mi hija, me dio la sensación de que la vida de los demás, incluida la de mi marido, seguía siendo la misma, menos la mía”. Y es que como dice Rajneesh: “El momento en el que nace un bebé, también lo hace una madre. Nunca antes había existido. Ser madre es algo completamente nuevo”. El hecho es que todo cambia. No existe el ‘volver a’, porque ahora todo es diferente para la recién estrenada mamá. Cuerpo, mente, corazón y alma… nunca más serán los mismos. 

Alcemos la voz, creemos tribu, hablemos más de ello en las clases de preparación al parto, en los grupos de lactancia, con nuestras parejas y familiares. Esto ayudará a las nuevas mamás y a quienes las rodean a reconocer que, si bien la depresión posparto es una manifestación extrema de la transición a la maternidad, incluso aquellas que no la padecen, podrían estar experimentando una transformación parecida, completamente normal. Conocer las causas de la angustia y sentirse cómoda al hablar de ellas con otras personas es fundamental para adaptarse a esta nueva etapa de la vida.

Por Davinia Velasco

Maternidad empoderada: haz caso a tu voz interior

Si hay algo que no falta cuando nos convertimos en madres son consejos sobre cómo criar a nuestros hijos: familiares, amigos, vecinos e incluso desconocidos suelen sentirse libres para darnos su opinión, ¡muchas veces incluso cuando ni siquiera tienen hijos! Sin embargo, en The Loving Mamma abogamos por una maternidad empoderada y respetuosa y por ello queremos darte solamente uno: haz siempre lo que os funcione a ti y a tu hijo, pues tus decisiones definirán la forma de criarlo y marcarán su forma de ser así como su modo de ver la vida.

Y es que es muy fácil compartir nuestros consejos y logros con nuestras amigas mamás, ya que definitivamente esta es una buena manera de aprender diferentes técnicas y el tener una tribu en la cual apoyarnos es un gran beneficio. Pero al final del día, cuando ya estamos en casa, una misma sabe mejor que nadie lo que es mejor para nuestros pequeños.

Toda maternidad es distinta, así como cada niño es único. Aún y así, solemos pensar en lo que podríamos haber hecho mejor basándonos en lo que nuestros familiares, amigos o vecinos nos recomiendan. Cada niño, madre y familia tiene sus propios matices y nunca existirá una estrategia específica que funcione para todos. Incluso con el paso del tiempo, llegamos a cambiar de opinión muchísimas veces sobre un mismo tema. ¿Por qué? Porque evolucionamos, crecemos y aprendemos a medida que nuestros hijos crecen. Y es durante ese tiempo cuando dejamos ir algunas ideas para acogernos a otras. Cambiamos a medida que cambian nuestros hijos.

Es posible que nuestras madres o amigas nos aconsejen hacer esto o aquello, pero lo mejor que podemos hacer es agradecerles el consejo, tomar lo que nos resulte positivo y dejar ir el resto. No se trata de rechazar un consejo o de ignorar cierta información. Después de todo, la maternidad sería un viaje solitario sin los conocimientos y el aprendizaje de otras mamás, y aprendemos mucho más recopilando información y comparando. Pero lo que funciona para otras puede no funcionar para nosotras. Por eso, podemos recopilar información, contrastarla y decidir si nos beneficia.

En el momento en el que nos estresamos o nos preguntamos si lo estaremos haciendo bien, es mejor parar y escuchar nuestras propias necesidades. Recordemos que siempre nos hablan desde sus propias experiencias, por lo que compararse con ellas no resulta beneficioso ni para ti ni para tus hijos. Escuchar esa vocecita que hay dentro de nosotras nos beneficiará enormemente, pues esa es nuestra verdad. Y para tomar las mejores decisiones es importante: estar presentes en el aquí y el ahora, mantener una actitud positiva observando lo bueno de la situación y de nosotras mismas y ser fieles a nuestra intuición, a nuestra verdad, a nuestra voz interior.

Es fácil perderse cuando escuchamos un consejo que no siempre está alineado con lo que creemos. No permitas que nadie te haga sentir mal por las decisiones que tomas, especialmente si lo haces con el corazón. Haz lo que te funcione a ti. Al fin y al cabo, no existe la mamá perfecta, sino millones de maneras de ser la mejor.

No me pidas que ignore mis instintos

Desde que soy madre, son muchos los comentarios que he recibido acerca de cómo educar a mi propia hija, sobre todo en lo que se refiere a atenderla cuando llora, dormir con ella o darle el pecho. La sociedad nos pide a gritos una y otra vez que dejemos nuestros instintos atrás, los extirpemos, los saboteemos y los rechacemos, dejando a nuestros hijos desatendidos e indefensos ante el mundo que están descubriendo. Y no puedo evitar preguntarme lo mismo una y otra vez: ¿por qué es tan difícil a veces ver a nuestros hijos como seres que están sintiendo y experimentando? ¿por qué se nos ha enseñado a dejarles llorar cuando nunca le haríamos algo así a una amiga, a un ser querido, o incluso a un extraño? ¿De qué intentamos protegernos cuando ponemos esa distancia entre nosotras y el sufrimiento de nuestro bebé?

Imaginemos por un momento cómo debe sentirse un bebé al llegar a este mundo después de pasar 9 meses en el útero, un lugar cálido, húmedo y donde no necesita nada más porque se siente querido y protegido. Y de repente emerge en uno totalmente diferente y nuevo, donde la luz es brillante, el aire es frío, los sonidos son mucho más fuertes y siente hambre por primera vez. Así, sin más, pasa a depender totalmente de la capacidad de otras personas para entender su lenguaje y estar atentos a lo que necesita en cada momento.

Después comienza a gatear y a explorar el mundo con una curiosidad natural por todo lo que le rodea, un lugar a veces frustrante porque sus capacidades motoras aún no se han desarrollado. Y a pesar de lo valiente que es, todavía necesita una persona cariñosa y emocionalmente disponible a la cual regresar y que le de la libertad de explorar y descubrir de manera segura, le proporcione límites y el calor y la seguridad que necesita cuando lo cogemos en brazos y lo abrazamos.

A medida que crece, esa empatía quizás se vuelve menos física, pero muchas veces lo que un niño necesita es un abrazo en silencio o nuestra sincera compañía, pues un día puede que esté contento y comunicativo y que al otro nos rechace. En esos momentos es importante no tomarse nada personal, sino observar lo que nuestro hijo puede estar necesitando y no consigue explicar. Si estamos conectadas con él, le estamos haciendo saber que no está solo y que le queremos por lo que es y significa para nosotras. Y esto lleva tiempo, atención y compromiso, pues si estamos ausentes, es muy probable que no sienta la confianza o la seguridad que necesita para contarnos lo que sucede.

Y es que es fácil empatizar con un niño cuando está dolido, pero no lo es tanto cuando tiene una rabieta y sus necesidades entran en conflicto con las nuestras. Es por ello que nuestra capacidad de empatizar en este tipo de situaciones conlleva trabajar la conciencia plena, intentando ver las cosas desde el punto de vista de nuestro hijo y entendiendo lo que puede estar sintiendo o experimentando.

Por supuesto que no es fácil, y en ocasiones podemos encontrarnos reaccionando y diciendo cosas de las que después nos arrepentiremos. Pero esos momentos de desconexión son una parte inevitable de cualquier relación y los niños necesitan experimentar también que sus madres son humanas y que podemos decepcionarnos y enfadarnos.
Como madres, es nuestro trabajo reconstruir nuestra relación con nuestros hijos una y otra vez, estar presentes, aprender cuáles son las características evolutivas de nuestros pequeños y mantener una actitud empática hacia ellos para poder ofrecerles una respuesta adecuada a sus necesidades y criar niños emocionalmente fuertes y felices.

Por Davinia Velasco

Reconociendo nuestra maternidad

La maternidad consciente es un llamado para reconocer y nombrar los desafíos con los que nos enfrentamos a diario cuando intentamos estar presentes: reconocer nuestras propias frustraciones, inseguridades y defectos, incluso nuestros sentimientos más oscuros y destructivos así como las ocasiones en las que nuestros hijos nos hacen sentirnos abrumadas y desarmadas.

Realizar esta tarea de reconocimiento es un gran reto. Y es que, de algún modo u otro, somos producto y prisioneras de los eventos y circunstancias que se dieron en nuestra propia infancia. Puesto que esta moldea considerablemente la forma en la que nos vemos a nosotras mismas y al mundo, nuestras historias moldearán inevitablemente la visión que tengamos sobre nuestros hijos y ‘lo que merecen’, es decir, cómo deberían ser cuidados y educados.

Como madres, tendemos a mantener muy arraigada esta visión de la maternidad, sea la que sea, y de manera inconsciente, como si nos encontráramos bajo un hechizo. Pero solo cuando somos conscientes de una nueva manera de pensar, podemos recurrir a lo que fue de ayuda y positivo en ese entonces, y crecer más allá de esos aspectos que quizás llegaron a ser destructivos y limitantes.

Una parte importante del proceso es vernos a nosotras mismas con amabilidad y compasión. Esto incluye ver y aceptar nuestras limitaciones, nuestros apegos y nuestros fallos, y trabajar con ellos lo mejor que podamos. Siempre podemos empezar de cero, en este mismo instante, incluso en los momentos de mayor desespero. Cada momento es un nuevo comienzo, una nueva oportunidad para sintonizar, abrirse, ver, sentir y conocernos de nuevo y de manera más profunda a nosotras mismas y a nuestros hijos.

El amor por nuestros hijos se expresa en la forma en que nos pasamos el pan en la mesa, en darnos los “buenos días”, en la comprensión que ofrecemos o en los momentos que pasamos a diario con ellos, y no solo con ese viaje a Disneyland París. El amor se expresa dando amor con nuestras acciones. Así que tanto si estamos pasando por un mal momento o por los mejores, en un día concreto o un momento concreto, la calidad de nuestra presencia será determinante para demostrar el amor por nuestros hijos y por nosotras.

La maternidad es  una responsabilidad divina: las mamás somos protectoras, educadoras, guías, compañeras y fuentes de amor y aceptación incondicional. Y si somos capaces de mantener esto en mente y llegar a un grado de conciencia plena durante los años que criemos a nuestros pequeños, nuestras elecciones como madres serán mucho más acertadas y lo más probable es que no solo hagamos lo que es mejor para nuestros hijos sino que también podremos desvelar y conocer, quizás por primera vez, lo mejor y lo más profundo de nosotras mismas.

Por Davinia Velasco

Cómo ayudar cuando nace un nuevo bebé

Los días y las semanas siguientes a la llegada de un bebé pueden ser algo abrumadores tanto si eres mamá primeriza como si ya tienes hijos: querer tenerlo todo en orden como antes, cuidar de la familia o sobrellevar los altibajos de las hormonas del posparto no es tarea fácil. Y si bien las visitas siempre traen las mejores intenciones, muchas veces no nos proporcionan la ayuda que realmente se necesita.

Por si fuera poco, parece que hoy en día no se valora el tiempo y el espacio que una mamá necesita para descansar y recuperarse del parto. En mi caso lo dejé claro mucho antes. Las constantes quejas de amigas que habían sido madres sobre las visitas inesperadas justo cuando el bebé se acababa de dormir me hicieron adelantarme a las circunstancias: “nada de visitas los primeros días”. Y aunque me esperaba algún que otro enfado por parte de familiares y amigos, finalmente me sorprendió la comprensión con la que aceptaron mi decisión. Sinceramente, esto me facilitó sobremanera el descanso y me ayudó a conectar mucho más con mi bebé durante las primeras semanas.

Cuando traemos al mundo a un bebé, realmente necesitamos y merecemos toda la ayuda posible. Si las visitas se dan para brindar ayuda y apoyo en los días y semanas posteriores al nacimiento de un nuevo bebé, ayudaremos a que la mamá se sienta amada y cuidada, y quizás evitemos los sentimientos de soledad e incluso la depresión postparto.

¿Y cómo podemos colaborar? Si alguna amiga o familiar ha tenido un bebé recientemente y quieres visitarla pero no estás segura de cuál es la mejor manera de ayudar, estas simples pero importantes sugerencias le permitirán tener el tiempo y el espacio que necesita para descansar y recuperarse.

Llévale la comida de todo un día

Esta es la ayuda más común y definitivamente es super necesaria y muy valorada. No tener que preocuparnos por el almuerzo o la cena nos quita un gran peso de encima. Cualquier comida que no se tenga que preparar o cocinar seguro que nos sabe especialmente bien, sobre todo si después de comer no nos espera una cocina llena de trastos por fregar. Una buena opción sería coordinarse con varias amigas para cocinar por varias semanas y prepararle el menú diario a la recién estrenada mamá.

Cuida de sus hijos mayores

Ofrecerse para cuidar a los niños mayores es una gran ayuda porque a menudo la parte más abrumadora de tener un bebé es combinar las necesidades de los niños mayores con las del recién nacido. Puedes invitar a los niños a tu casa o llevarlos al parque para darle un poco de tiempo a mamá. También puedes ofrecerte a cuidarlos en su casa mientras ella sale y hace recados con el bebé. Si optas por esta opción, sigue leyendo para ver cómo puedes ayudar mientras estás ahí.

Ayúdale con las tareas del hogar

Para algunas personas, esto puede ser algo incómodo, pues nos da un poco de apuro. Pero tratar de cuidar de un bebé o varios niños a la vez en medio de una casa desordenada o sucia es algo estresante y agobiante. Por eso, estaría bien ayudarle con la limpieza de la casa haciéndole saber que no nos importa el estado en el que se encuentra (todas nuestras casas están desordenadas y fuera de control a veces, ¿no? ). Lavar los platos, limpiar la cocina, aspirar el suelo, quitar el polvo, poner una lavadora u ordenar los juguetes son tareas que podemos hacer y que se van a valorar muchísimo.

Hazle la compra 

Si vamos a comprar o a hacer recados, podemos preguntarle si quiere que compremos algunas cosas para ella. Te aseguro que apreciará no tener que preocuparse por salir a comprar con sus hijos.

No presumas de tu propia experiencia

O de la de tu hermana, tu mejor amiga o cualquier otra madre que conozcas. No es momento para ponerse a contar la fantástica historia sobre cómo tu bebé dormía como un ángel desde que nació o que nunca lloró. ¿Ves las ojeras que tiene, su pelo sucio y su cansancio? Esta mujer no quiere escuchar nada de eso.

Escúchale

Pregúntale cómo está. Es posible que no tenga ni idea de si lo está haciendo bien o mal, puede que tenga depresión posparto, que no se sienta vinculada a su bebé como cree que debería, etc. No supongas que está completamente feliz.y deja que hable todo lo que quiera

Tu amiga estará muy agradecida de saber que te importa. Apreciará el hecho de que le recuerdes que todavía es un ser humano, no solo una madre.

Por Davinia Velasco

Nosotras no somos nuestros hijos

Los hijos son un regalo de la vida: nos llenan de alegría, de amor, de energía y de color incluso en los días más difíciles y pueden cambiar nuestro estado de ánimo con tan solo una sonrisa. Sus emociones positivas son tan grandes, que no podemos evitar contagiarnos de ellas.

Sin embargo, sus emociones negativas también son fuertes, por lo que la ira o la frustración pueden llegar a ser realmente un desafío e increíblemente agotadoras cuando intentamos controlarlas. Y tengo que decirte, que a pesar de ser pequeños e indefensos, nuestros hijos son seres separados de nosotras y como tales, no podemos controlar sus emociones, sino solamente acompañarlas.

Sé que esto puede resultar difícil de encajar para los padres que desean planificar la vida de sus hijos. Sin embargo, creo que es nuestro deber brindarles el mejor ambiente familiar posible, donde se puedan sentir seguros, amados e inspirados a crecer, soñar y ser mejores personas. Llenar nuestro hogar de positivismo y amor para que puedan ser quienes deseen ser y puedan contribuir con sus talentos y pasiones al mundo, debe ser nuestra prioridad.

Muy a menudo nos sentimos tentadas de usar a nuestros hijos para cumplir nuestros propios sueños. A mí misma me ha pasado y como buena piscis, aun fantaseo a veces con la idea de apuntar a mi hija a clases de equitación o a una escuela de arte. Sin embargo, rápidamente aterrizo y sé y entiendo que la cosa no funciona así: necesitamos verles como lo que son, seres independientes a nosotras, con sus propios sueños y talentos, que pueden ser muy diferentes a los nuestros.

Es posible que nos resulte difícil que nuestros hijos no vean el mundo de la misma manera que nosotras, pero tenemos que entender que nosotras ya llevamos muchas experiencias y maletas acumuladas que nos han hecho ser quienes somos y ver el mundo como lo vemos. ¿Y si en vez de tratar de cambiarles a ellos, aprovechamos esta oportunidad que se nos brinda para cambiar, mejorar y sanarnos a nosotras mismas?

Adoptar la compasión y la aceptación nos ayudará a que la crianza y la maternidad sean mucho más sencillas. Aceptemos a nuestros hijos como son y aprendamos de ellos, permitiendo que nos inspiren y nos ayuden a ver las cosas de otra manera, pues del mismo modo que estamos aquí para ayudarles a crecer, ellos también nos han elegido para ayudarnos a nosotras. La maternidad es nuestra segunda oportunidad para llegar a ser quienes vinimos a ser.

 

Por Davinia Velasco

Tiempo para mamá

Las mamás tenemos ‘fama’ de vivir para los demás. De hecho, no es exagerado decir que podríamos pasar horas haciendo algo productivo que tenga que ver con servir a los demás, ya sea cocinar para toda la familia, sacar al perro, llevar a los niños de un lado a otro, ayudarles con los deberes… ¡La lista es interminable!

Pero cuidar de los demás constantemente y solamente de ellos no es sostenible y si no hacemos un esfuerzo consciente para tomarnos un tiempo para nosotras, este no nos va a llegar en forma de paquetito que nos entrega el cartero en la puerta de casa. Sé que para ser el tipo de madre, esposa, hija y amiga que quiero ser, la regla número uno es pensar que tengo que cuidar también de mí misma, por lo que buscar un tiempo para nosotras cada día es fundamental.

Por si fuera poco, parece que todas las demás mamás tienen superpoderes y cumplen con muchas más tareas al día que una misma, ¿verdad?. La respuesta está en la organización del tiempo. El hecho es que a pesar de que todas tenemos 24 horas cada día, algunas se organizan mejor que otras. Sé consciente de tu tiempo. ¿Estás pasando más minutos de los que deberías (quizás incluso horas) mirando Internet sin pensar o incluso ojeando Facebook, Instagram o Whatsapp cuando realmente quisieras estar haciendo otra cosa? Entonces es necesario que revises y trabajes estos hábitos.

Prioriza lo importante

A veces nos empeñamos con la idea de que no podemos tomarnos un tiempo para nosotras porque hay que poner una lavadora, los platos están sucios, se nos ha olvidado comprar el postre preferido del niño en el super y hay que volver… Asumámoslo, es momento de priorizar y entender que somos más importantes que todo eso. No se quedará sin hacer, no te preocupes, pero puede esperar. No pasa nada si te vas a dormir con unos vasos sucios en el fregadero. Ya los fregarás mañana por la mañana, aun estarán ahí. Hacerlo ‘ya’ no cambiará las cosas.

Te recomiendo buscar un hobby o interés que te ayude a recargar las pilas, algo que te haga sentir bien y que programes ese tiempo para ti. ¿Pero cómo? Busca al menos 15 minutos, (preferiblemente si es una hora) al día donde tú seas toda tu atención. Y sí, ¡claro que los tienes! Así que búscalos y lee ese libro que tanto tiempo lleva esperando en la mesita de noche, arréglate el pelo o tómate una taza de té mientras desconectas del mundo. O haz incluso las tres cosas a la vez: ve a la peluquería y disfruta de tu momento con un buen libro en mano y una taza de té. Convéncete de que mereces este tiempo para ti haciéndolo extensible a los que te rodean. Podrías decir, por ejemplo, si sales a correr, que mamá va a salir a correr media hora para poder estar fuerte y saludable.

Pide ayuda

Pedir ayuda no te hace menos mujer o menos madre. Los niños, dependiendo de la edad que tengan, pueden ayudar en unas tareas o en otras, así que no subestimes su ayuda. Por otro lado, puedes pedirle a tu pareja, amiga, algún familiar o incluso a una niñera que cuide de los peques mientras te tomas un baño relajante o sales al jardín a meditar.

Recuerda que dedicarnos tiempo y cuidarnos es esencial para la felicidad de toda la familia, pues somos un pilar muy importante y si mamá es feliz, todo el mundo es feliz. Cuidarte no es un acto egoísta, sino necesario. Ahoga esa vocecita que te dice “Si voy al cine con mi amiga, la gente pensará que mi vida no es tan difícil como me parece”. Nadie vive en tu piel más que tú. Y tú eres quien toma todas las mejores decisiones para ti. Eres hermosa, lista, capaz y solo tú puedes tomar las riendas de tu vida.

 

Por Davinia Velasco